Cuarto para las ocho de la mañana. Mi pulso está acelerado, tengo las pupilas dilatadas, mi cuerpo sudoroso, mi hombre semiinconsciente a un lado de mí, y otro espasmo en mi entrepierna me hace gemir.
¡No, no acabo de tener s3xo! ni mucho menos un orgasm0, ¡estoy a punto de dar a luz a mi pequeña! Siempre supe que a Fabio no le gustan los hospitales, ahora veo la razón, no aguantó ver más la labor de parto y cayó al suelo inconsciente.
Las enfermeras no sabían si atenderme a mí o a él. Otra con