Darío conducía y Reséndiz iba de copiloto. Ambos hablaban por teléfono, no sé qué tanto decían, yo solo podía tener la mirada al frente, tratando de encontrar aquel auto.
—¡Ahí! —apunté con mi dedo índice en una intersección, donde el sedán había girado a la derecha. Darío puso su teléfono en altavoz y continúo hablando, dando instrucciones por dónde íbamos.
No había mucho tráfico por la hora que era, pero sí el suficiente como para que se pudiera perder entre los autos.
Además, de que estábamo