Elena se quedó gélida. Sus pasos se detuvieron en seco en la amplia terraza de la mansión. Bajo las potentes luces del jardín, vio a su padre —Roberto— arrodillado con la cabeza gacha frente a Arturo. Arturo permanecía de pie, erguido, observando al anciano con una expresión gélida y distante.
—Te lo he dicho mil veces, Roberto. Tu empresa no vale nada —la voz de Arturo era baja, pero afilada como un puñal—. Te permití colaborar con el Grupo Montenegro solo por lástima, pero no esperes que le