Diego no durmió en toda la noche. Siguió sentado en la silla junto a la cama de la UCI, mirando el monitor cardíaco que emitía pitidos suaves y constantes. De vez en cuando entraba alguna enfermera para revisar el suero o controlar la presión de Arturo, y luego volvía a salir sin decir demasiado.
El amanecer empezó a filtrarse poco a poco por las ventanas del hospital. Una luz gris y fría llenó lentamente la habitación. Diego se pasó una mano por el rostro. Le ardían los ojos por la falta de s