—¿A qué te refieres, Elena? Por supuesto que no pasa nada —replicó Adriana. Su voz sonó un poco más aguda de lo habitual. Dejó su teléfono con la pantalla hacia abajo y se distrajo acomodando una servilleta que ya estaba perfectamente doblada.
Elena dejó los cubiertos con delicadeza sobre el plato, provocando un leve tintineo metálico. Se inclinó hacia adelante, buscando la mirada de su madre, quien empezaba a evitar el contacto visual.
—Mamá, nos mudamos de la noche a la mañana. Papá dejó su