La luz del sol matutino se filtraba por los ventanales de la pequeña oficina, situada en la segunda planta de un edificio de ladrillo rojo en el centro de Lyon. Elena estaba sentada tras un escritorio de madera cuya superficie desaparecía bajo montones de carpetas azules y listas de inventario. Atrás quedaban los sistemas informáticos de vanguardia y la seguridad de alta tecnología de Madrid; aquí solo había un portátil y una impresora que, de vez en cuando, zumbaba al imprimir documentos.
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