El hombre dio un par de pasos hacia ellos. No tenía prisa. Y eso era lo peor: la calma de quien sabe que tiene ventaja.
—Retrocede —advirtió Gael, con una voz tan baja que sonaba peligrosa.
El desconocido rió despacio.
—Siempre tan impulsivo. Siempre tan… noble —escupió la palabra como si fuera una broma cruel—. No te preocupes. No vine a matarte. Todavía.
Lucía apretó más la mano de Gael. Él podía sentir su pulso desesperado. Y por primera vez, algo dentro de él se tensó no solo por rabia… sin