El cielo de Theros estaba cubierto por una capa de nubes grises, pesadas como presagios. El aire estaba quieto, denso, como si el mundo entero contuviera la respiración ante lo que estaba por suceder. En los corredores superiores del ala este, donde las piedras antiguas guardaban secretos de generaciones pasadas, Violeta caminaba con paso firme, su capa negra ondeando como un presagio fúbrico. Cada paso era una declaración de guerra silenciosa, una reafirmación de que no volvería a ser la vícti