Los días pasaban con una lentitud engañosa en el ala este del palacio. Aunque el sol cruzaba los cielos con su habitual indiferencia, algo dentro de los muros parecía haber cambiado. El rumor de las conversaciones era más bajo, las pisadas más suaves, como si el aire aún estuviera pendiente del aliento de un solo hombre.
Y ese hombre, el príncipe Leonard de Theros, comenzaba a recuperar su fuerza.
La fiebre había disminuido con cada amanecer, y el color regresaba poco a poco a sus mejillas. Los