Las horas más peligrosas no son las del día.
Son las que se arrastran en la oscuridad, cuando los muros callan y los secretos despiertan.
Era pasada la medianoche cuando Lady Arabella Devereux abandonó sus aposentos. La capa negra que la cubría absorbía cada rastro de luz, como si ella misma fuera parte de la sombra. Caminaba sin prisa por los pasillos silenciosos del ala sur, allí donde ya no pasaban doncellas ni rondaban los sirvientes. Cada paso resonaba bajo el mármol, pero ella no titubeab