La decisión había sido tomada.
Pese al gesto sombrío del príncipe Leonard y la incomodidad visible de Lady Violeta Lancaster, los carruajes esperaban afuera con la misma impaciencia del deber. Las órdenes de la Reina Madre eran inapelables. El silencio entre ambos no era por falta de palabras, sino por el exceso de ellas. Demasiado se había dicho. Y demasiado estaba a punto de cambiar.
Leonard ayudó a Violeta a subir cuidadosamente al carruaje, con su pie aún vendado y sensible. Aun así, ella n