El fuego chisporroteaba suavemente dentro de la chimenea de piedra. Las llamas danzaban como espíritus naranjas, proyectando sombras largas en las paredes de la cabaña. Afuera, la tormenta había menguado levemente, aunque se escuchaban aún los ecos de truenos lejanos y el ulular del viento entre los árboles.
El príncipe Leonard estaba inclinado junto al hogar, reacomodando un tronco que se resistía a arder del todo. Sus mangas estaban remangadas hasta los codos y su capa descansaba sobre una si