La noche caía como un manto oscuro sobre el palacio de Theros. Los últimos rayos dorados del sol se habían desvanecido detrás de las montañas, y la luz de las antorchas comenzó a danzar en los pasillos, proyectando sombras alargadas que parecían susurrar secretos antiguos. Los salones, usualmente bulliciosos durante el día, ahora estaban envueltos en un silencio casi reverente, roto solo por el eco de pasos lejanos o el leve murmullo del viento que se colaba por las ventanas abiertas.
En una sa