El sol apenas despuntaba en el horizonte, tiñendo de dorado los tejados y las copas de los árboles que se mecían suavemente con la brisa de la mañana. El silencio de la casa era roto solo por el canto distante de los pájaros y el tenue crujir de las maderas que, poco a poco, se desperezaban con el calor. Emma abrió los ojos lentamente, acostumbrándose a la luz que se filtraba entre las cortinas. A su lado, Leonard ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama, con el rostro serio y los pe