El sol apenas había salido y la casa ya estaba envuelta en un aire de expectación. Las doncellas corrían de un lado a otro, llevando telas, hilos de oro y adornos que Emma había pedido personalmente para su creación.
En la gran sala, el vestido reposaba en un maniquí, imponente y delicado a la vez. La seda caía en cascada hasta rozar el suelo, extendiéndose como un río plateado. Cada puntada bordada a mano llevaba incrustaciones diminutas que brillaban con la luz de las velas.
Emma lo contemplaba con el ceño ligeramente fruncido, un alfiler entre los labios y las manos firmes sobre la tela.
—Aún falta perfeccionar el vuelo de la falda… —susurró—. Debe ondear como las alas de un cisne cuando ella camine.
Leonard la observaba desde la entrada, con los brazos cruzados y una sonrisa casi imperceptible. Había pasado horas viéndola trabajar en silencio, admirando la dedicación que ponía en cada detalle.
—Nunca había visto tanta pasión en alguien por un vestido —dijo al fin, acercándose.
Emm