El sol apenas había salido y la casa ya estaba envuelta en un aire de expectación. Las doncellas corrían de un lado a otro, llevando telas, hilos de oro y adornos que Emma había pedido personalmente para su creación.
En la gran sala, el vestido reposaba en un maniquí, imponente y delicado a la vez. La seda caía en cascada hasta rozar el suelo, extendiéndose como un río plateado. Cada puntada bordada a mano llevaba incrustaciones diminutas que brillaban con la luz de las velas.
Emma lo contempla