La noche había caído con una pesadez inusual sobre el Palacio de Theros. Las antorchas, usualmente vibrantes, ardían con menos fuerza, como si hasta el fuego temiera lo que se avecinaba. Entre las sombras que recorrían los corredores y las puertas cerradas a cal y canto, una figura delgada, vestida con una capa marrón gastada, se deslizaba con la precisión de alguien que no deseaba ser visto.
Era Giselle, la doncella personal de Lady Violeta Lancaster.
Hacía semanas que el miedo se había instala