Las sombras danzaban en las paredes de piedra del castillo Theros cuando Lady Arabella Devereux atravesó los pasillos ocultos, envuelta en su capa escarlata. El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo. Era furia, era humillación, era sed de justicia… o al menos eso se repetía para justificar su plan.
Había sido testigo de cómo la reina, su tía, se doblegaba ante una joven de rostro pálido y ojos apagados, una mujer que no tenía ni la mitad de su linaje, ni la educación política, ni la pos