Arabella caminaba por los fríos pasillos de mármol como una sombra. Las paredes del castillo parecían observarla, burlarse de su fracaso, susurrar con burla su caída. Las doncellas la evitaban, los sirvientes bajaban la cabeza a su paso, y aunque nadie se atrevía a hablarle directamente, todos sabían que algo dentro de ella se había quebrado.
Entró a su habitación con furia, cerrando de un portazo que resonó por todo el ala este. Su cuarto era amplio, decorado con terciopelos púrpuras y cortina