La luna se alzaba como un testigo mudo sobre el castillo de Theros, proyectando su luz plateada sobre las torres de piedra, los jardines sellados y las estancias aún agitadas por el temor. Los rumores del atentado no habían cesado. En los pasillos se hablaba en susurros. Nadie sabía quién había envenenado la copa… pero todos sabían una cosa:
Lady Violeta Lancaster debía estar muerta.
Y no lo estaba.
Violeta se había negado a cenar. La bandeja quedó intacta sobre la mesa, sellada, bajo vigilanci