El gran salón del castillo de Theros volvía a vestirse de gala.
Candelabros centenarios colgaban del techo abovedado, arrojando destellos dorados sobre las columnas de mármol blanco. Los músicos afinaban sus instrumentos con nerviosismo, y los sirvientes pululaban como sombras bien entrenadas, ultimando detalles con la precisión de un ritual.
Era el primer baile desde el intento de asesinato a Lady Violeta Lancaster. Un evento que, más que una celebración, era una jugada política. Una forma de