El amanecer no trajo alivio. Violeta permanecía de pie junto a la ventana, con la piedra negra entre los dedos, sintiendo cada arista como una advertencia viva. El lobo sobre lirios no era solo un símbolo: era una herida abierta, un recuerdo de que incluso el poder más leal podía esconder colmillos.
Cerys aguardaba en silencio al otro lado de la habitación. Ninguna habló por largos minutos. El silencio era espeso, cargado de decisiones aún no pronunciadas.
—¿Qué harás? —preguntó al fin Cerys, c