El amanecer en Theros parecía, a simple vista, una continuación del día anterior: silencioso, dorado, e impregnado de olor a humo viejo. Pero bajo ese velo de normalidad, los engranajes del peligro giraban con precisión mortal.
Violeta, con las manos aún vendadas por las quemaduras del incendio, se sentó frente a un mapa extendido sobre la gran mesa de la Sala del Norte. La tinta fresca trazaba los caminos antiguos del reino, y marcaba con un círculo rojo un nombre: Valerian.
—¿Estás segura de