—Tú duermes tranquilamente, pero mi corazón sigue latiendo demasiado fuerte… y la única forma de calmarlo es manteniéndome lejos de ti.
—¡Haz lo que quieras entonces! —exclamó Alexander, alzando la voz con irritación.
Se dio la vuelta y regresó a la cama. Se recostó de espaldas y cerró los ojos, intentando dormir.
Pero en realidad había mentido.
No la odiaba.
Y tampoco la veía como una simple almohada.
Todo aquello había sido solo una excusa para convencerla de dormir en la cama con