39.
ASHER
La puerta de la habitación se cierra con suavidad.
El sonido, aunque leve, marca una línea clara.
Ahora solo estamos mi madre y yo.
Helena se mantiene de pie en medio de la sala, impecable, erguida, con esa expresión que ha usado toda mi vida cuando cree que estoy a punto de cometer un error monumental.
—¿Estás seguro de esa chica? —pregunta sin rodeos.
No pierde tiempo.
Nunca lo hace.
Respiro hondo antes de responder.
—Megan tiene nombre.
Mi madre arquea una ceja, como si el detalle fue