34.
ASHER
La puerta se cierra y el sonido, aunque no es fuerte, me golpea como si lo fuera. Me quedo mirando el espacio vacío donde hace apenas segundos estaba Megan, con el abrigo puesto, la espalda recta, la dignidad sostenida con un hilo demasiado fino.
No la detuve.
Otra vez no la detuve.
Respiro hondo y me giro lentamente.
Valeria está apoyada contra la encimera de la cocina, observándome con esa media sonrisa que no sé si es curiosidad o burla.
—¿Siempre es así de dramática? —pregunta, inclin