El nombre de Isabella ya no se pronunciaba con duda. Se susurraba con respeto, con miedo, con esa mezcla extraña que solo despiertan los líderes inesperados. Ya no era “la esposa de Dante”. Ahora era ella. Una presencia que se sentía en las reuniones, en las decisiones, incluso en las calles más peligrosas del sur.
Y eso, precisamente, empezaba a inquietar a los Rinaldi.
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La respuesta a la bala no tardó en llegar.
Una camioneta apareció en uno de los puntos de carga del puerto de San Giacomo