Arturo hacía todo lo posible para curar la herida de Bartolomé. Claramente, debería atenderlo un profesional, pero Bartolomé se negaba a que así fuera. Prefería que su colega lo atendiera de la forma más eficaz posible.
Sacó lo que parecía una manta de tela para poder colocársela sobre la herida de su brazo.
-Pará gallego –Bartolomé lo frenó-. Limpiame la herida antes.
-No tengo alcohol.
Bartolomé puso los ojos en blancos a modo de queja.