La falsa realidad seguía intacta alrededor de Lucas.
El apartamento permanecía cálido, silencioso y extrañamente perfecto. La luz dorada de la tarde entraba por las ventanas y se extendía sobre el suelo de madera con una tranquilidad casi dolorosa. Todo allí se sentía suave, cómodo… humano. No existía miedo. No existía tensión. Ni siquiera el aire parecía pesar.
Justo como la red quería.
La falsa Valeria seguía frente a él, observándolo con aquella misma ternura que Lucas conocía tan bien, con