CAPÍTULO 4: La Sorpresa

Ángela

He de admitir que, al día siguiente, después del trabajo, esperaba volver a encontrarme a Gabriel. Incluso me pasé por el bar con la excusa de tomar algo, solo para comprobar si estaba allí, pero no fue así.

No era solo el recuerdo del sexo, ni la intensidad de lo que había pasado entre nosotros. Era algo más difícil de explicar. Gabriel me había hecho deseada otra vez, capaz de olvidar por unas horas todo el desastre en que se había convertido mi vida. Después de semanas sintiéndome humillada, engañada y completamente insuficiente, aquella noche había sido como tomar aire después de demasiado tiempo bajo el agua. 

Cuando no lo encontré, tampoco me sorprendió demasiado. Después de todo, Gabriel bien podía haberse alojado en el hotel solo por una noche. 

Una noche, me picó la curiosidad y el valor suficiente para buscarlo por internet, sin imaginar que aquel hombre era mucho más importante de lo que pensaba.

Gabriel no era un desconocido cualquiera.

Gabriel Whitemore, el reconocido tiburón de los negocios. Un nombre que aparecía en revistas económicas, en titulares de finanzas, en acuerdos multimillonarios entre Manhattan y Nueva York.

Un hombre poderoso y muy, pero que muy rico.

Quizás no lo conocía porque no hay nada sobre su vida personal en la prensa rosa (se ve que ese hombre sabía manejar los medios).

Busqué y busqué—alrededor de 20 minutos— y ví una foto que me vino abajo: él junto a una mujer hermosa. Ambos sonreían. 

Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos sin apenas parpadear. 

‘Seguro que tiene una esposa o quizás una prometida’.

Un hombre como él no podía estar solo ¿verdad?

Otro hombre infiel, sentencié para mi misma.

Mi trabajo—abogada en el bufete Bennett Legal—, pasó de ser monótono a convertirse en una auténtica pesadilla. La familia de Marcos conocía a mi jefe —no al dueño del bufete— y, de vez en cuando, él aparecía por allí con la excusa de hablar conmigo. Incluso fingía que entre nosotros todo iba bien

En cierto modo, yo también colaboraba en esa mentira. Nunca he montado una escena delante de nadie ni les he contado que aquel hombre me había sido infiel. ¿Por qué? Porque no quería rebajarme a su nivel. 

Al fin y al cabo, hubo un tiempo en el que quise a Marcos. Dejé de quererlo en el momento en que me di cuenta de que he vivido tres años de mi vida engañada. Y precisamente por eso, aunque me duela y tenga que vivir con eso, tengo que aprender a superarlo. 

***

Las semanas pasaban y mi situación no mejoraba. Seguía viviendo en el hotel porque no conseguía encontrar un apartamento barato y lo más céntrico posible, y aunque a mi amiga Adela no le importaba —ella tenía gratis estancias en hoteles por su trabajo—, para mí empezaba a ser agotador. A todo eso se sumó que no me encontraba bien físicamente: molestias de estómago, mareos y cierta aversión repentina a algunos alimentos.

Todo ello me provocaba un estrés constante, acompañado de cambios de humor cada vez más intensos.

Y fue en uno de esos días, cuando Marcos volvió a aparecer por el bufete, aunque esta vez no venía solo: lo acompañaba su madre.

Cuando me saludó y nos dirigimos a la cafetería del bufete —donde apenas había un par de personas— ya sentía el estómago revuelto. Una tensión incómoda me oprimía por dentro, como si mi cuerpo supiera antes que yo que aquella conversación no iba a terminar bien.

—Sara, tu hijo y yo hemos terminado—sentencio—. No creo que lo más apropiado sea que vengáis a mi lugar de trabajo. No me siento cómoda con esto—nos señalo.

—Lo único que hace mi hijo es intentar arreglar lo que tú estás empeñada en destrozar —responde Sara con un deje de frialdad—. Mírate… desde que lo dejaste... estás diferente. Admite que lo amas y deja de hacerte la dura.

—¿Amarlo? —suelto una risa sin humor—. El amor no siempre es suficiente… sobre todo cuando solo viene de un lado.

—Ángela, deberías estar agradecida de…

—¿Agradecida? —la interrumpo—. ¿Por qué? ¿Por qué su hijo me ha estado mintiendo todo este tiempo? ¿Por qué sigue empeñado en mantener una farsa?

Marcos me agarra del brazo, tenso.

—Ángela, cállate.

Pero ya era tarde.

—¡Su hijo es gay! —exploto, con una voz que resonó en el bar más de lo que yo misma esperaba—. ¡Y me ha estado usando como tapadera todo este tiempo!

El silencio cae sobre nosotros como una losa. Varias personas del bufete lo escuchan, aunque de inmediato fingen que no es asunto suyo, bajan la mirada y vuelven a sus escritorios.

La madre de Marcos da un paso más cerca. Su voz baja, afilada como un cuchillo.

—Estúpida… como no te calles, haré que te echen del bufete como a un perro.

Me quedo helada.

No por el insulto, sino por lo que implicaba. En la mirada de Sara no había sorpresa.

Ella lo sabía.

Como si mi mente tuviera vida propia, me arrastra de golpe a un recuerdo: una comida, una conversación con su padre, hablando de herencias, de “cuando mi hijo se case con una mujer, solo así podrá tener acceso a mi dinero”, como si el futuro ya estuviera decidido de antemano y solo hubiera que cumplirlo sin cuestionarlo.

Y en ese momento, todo encaja con una claridad enfermiza: la insistencia de Marcos, su necesidad de mantenerme cerca, el papel perfecto de “novia ideal”. Era una coartada. La opción más segura para conseguir el dinero de su familia.

Salir del armario nunca había sido una opción.

Sentí náuseas, pero esta vez no eran solo emocionales.

—No voy a volver con tu hijo —digo, con la voz rota pero firme—. Ni ahora… ni nunca.

Me levanto rápidamente y antes de que me de la vuelta para marcharme, Sara me dice:

—Voy a ir a por tí, Angela Brown. Haré todo lo que esté en mi mano para que no vuelvas a ejercer como abogada en New York.

Salgo de allí prácticamente corriendo, sin mirar atrás. 

En el autobús, mi malestar empeora y todas las alarmas de mi cuerpo se activan.

Me apoyo en la ventanilla, intentando respirar, repitiéndome que es solo estrés, que todo esto me está superando.

Pero entonces me viene a la cabeza algo que llevo semanas ignorando.

Hace más de mes y medio que no me viene la regla.

Trago saliva.

Y el mundo, de repente, se me viene encima.

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