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CAPÍTULO 3: Nunca me había sentido tan bien

Ángela

Lo primero que ha hecho ese hombre al quitarme la toalla ha sido sentarme en el sofá, colocarse entre mis piernas y estampar su boca contra mi clítoris succiendolo como si su vida dependiera de eso…y j*der, hacía mucho tiempo que no me deshacía así en los brazos de un hombre.

Y justamente por eso, decido aprovechar la única noche que voy a pasar con él.  

—Ve al dormitorio —me ordena. Está claro que le gusta mandar.

Obedezco, pero lo miro con descaro—retándolo— antes de darme la vuelta y caminar hacia la habitación, sin prisa, consciente de su mirada sobre mí. Por el espejo observo como me mira el trasero y se recoloca la entrepierna.

Chillo como una adolescente en mi interior.

Me siento en la cama y él entra en el dormitorio. Se coloca de pie, muy cerca de mí, pero no dice ni hace nada; solo me sostiene la mirada en un silencio cargado de intensidad. 

Sin pensarlo, alargo mi brazo y toco su entrepierna con intención:

—¿Esta pequeña está lista?—le acaricio su longitud de arriba abajo mirándolo a los ojos, provocando.

Él me mira con intensidad y esboza una sonrisa peligrosa que remueve algo dentro de mí.

—Angel…voy a romperte—sentencia.

Gabriel aprieta mi garganta con su gran mano e inmoviliza mi cabeza. Si me muevo, me duele.

Con un movimiento rápido se baja los pantalones y mis pezones se endurecen ante la idea de continuar lo que dejamos a medias en el ascensor.

—Debo enseñarte cuál es tu lugar…

Me golpea con su miembro en la mejilla y eso hace que la abra la boca para él. No tarda en meterla de una sola embestida y su dureza golpea fervientemente las paredes de mi garganta. Gabriel suelta un gemido muy varonil—que sinceramente me sube el ego— y sigue embistiendo mi boca sin contemplaciones.

Me duele la mandíbula de mantener la boca tan abierta y en ese instante decido ayudarme con mis dedos poniéndolos en los laterales de mi boca.

Gabriel resopla y suelta:

—Qué bien lo haces…j*der. Trágala toda…—aprieta un poco más mi garganta y gime cuando me embiste de nuevo y mi saliva empapa su mano cuando cae desde mi boca.

Qué erótico. Quiero más. Quiero verlo perder los papeles.

De repente, saca su polla de mi boca y libera mi garganta de su agarre. Perder su contacto no me gusta, así que murmuro: 

—F*llame…

Me agarra de la barbilla y aprieta.

—¿Qué has dicho?

—Quiero tu p*lla…

—Si pides algo, hazlo correctamente…—dice con un tono grave.

—Por favor…

Voltea mi cuerpo y me pone de rodillas elevando mi culo hacia él. Al principio me siento algo cohibida al estar tan expuesta frente a él, un hombre tan atractivo e imponente, pero pronto intento apartar esos pensamientos; si los mantengo, acabaré estropeando el momento. Cuando vuelvo la cabeza para mirarlo por encima del hombro, ya se ha puesto un preservativo. 

—Voy a darte muy duro…

Y no mentía.

Me toma de las caderas y restriega brevemente su miembro en mi entrada mojada y de un solo movimiento mete la p*lla en mi interior(no lo consigue del todo). Chillo un poco ante la invasión y muevo mi trasero un poco por el dolor que siento en mis paredes v*ginales para albergar a ese hombre en mi interior.

Gabriel me da un azote en el culo y me detengo ante su orden velada: ‘Yo soy el que decide qué hacer y cómo hacerlo’.

—J*der, seguramente no te habrán f*llado en mucho tiempo…

Termina de meterla en mi interior completamente y se me corta la respiración justo cuando empieza a moverse. Primero se mueve muy lentamente y después un poco más rápido para  que me ajuste a su tamaño. 

Gabriel sisea de placer y eso me hace un poco feliz, a pesar de que siento una mezcla entre dolor y placer.

—Eso es… bonita—embestida—. Qué bien me recibes…

Nuestros jadeos resonaban en las paredes de la suite del hotel como si una banda estuviera tocando en este mismo espacio.

Me sigue embistiendo como si fuera un salvaje y cuando su punta toca mi tope, chillo un poco ante esa sensación tan abrumadora. Como respuesta, ese hombre agarra uno de los lazos de mi espalda y me eleva, levantando mi espalda y cabeza, acercándome mucho a él. Mete su cabeza en el hueco de mi cuello y con una mano me sujeta con decisión las caderas y con la otra me tapa la boca. 

—Esa boca sucia… mejor que esté calladita —digo en voz baja, su aliento rozando mi oreja—. No querrás que nos oigan, ¿verdad? 

—No…—digo débilmente.

Se aprieta aún más, metiendola aún más profundo provocando que mi garganta jadee pero haciendo una especie de ruido ahogado bastante patético. Me embiste una y otra vez hasta que dice:

—Tú vas primero… —murmura.

Desliza la mano entre mis piernas y me acaricia justo donde más sensible estoy, llevándome al límite hasta hacerme temblar entre sus brazos. Cuando por fin lo consigue se deja llevar, mordiendo el hombro por el camino, y descarga su s*men en mi interior. 

Lo hacemos un par de veces más a lo largo de la noche, entre sábanas revueltas, respiraciones agotadas y un silencio cada vez más íntimo. 

Cuando por fin el cansancio puede con él, Gabriel se queda dormido a mi lado, profundamente rendido, como si nada en el mundo pudiera arrancarlo de ese sueño. Yo, en cambio, permanezco despierta unos minutos, observando el techo y escuchando su respiración acompasada.

Al final, con cuidado de no despertarlo, me visto en silencio y recojo mis cosas. Sé perfectamente lo que ha sido esto: una sola noche.

Y precisamente por eso no quiero quedarme hasta la mañana siguiente, esperando ese momento incómodo en el que uno de los dos tenga que admitir que ya es hora de irse. Prefiero ahorrarme la vergüenza y marcharme antes de que amanezca. 

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