CAPÍTULO 2 La respuesta

Ángela

El ascensor parece volverse más pequeño de golpe y siento que los segundos pasan muy lentos.

Sostengo su mirada al principio, pero pronto la seguridad se me rompe y me invade el arrepentimiento.

Suelto una risa breve, nerviosa, casi fuera de lugar. 

‘Da igual’, pienso, desviando la mirada. Si me rechaza tampoco pasa nada. Total… no lo voy a volver a ver. 

El silencio se estira un instante más y, cuando levanto la vista, descubro que él me está mirando de arriba abajo, sin prisa, con una calma que me descoloca por completo.

Da dos pasos hacia el panel y pulsa el botón de parada del ascensor.

—Sí —responde al fin. 

El corazón se me detiene durante un segundo… y, al siguiente, empieza a latir con tanta fuerza que siento que va a salírseme del pecho.

Me quedo quieta, sin saber qué hacer conmigo misma.

—Pero antes de nada… hay algunas cosas que debes saber sobre mí.

—Dime… —digo, un poco nerviosa, sin saber por dónde me va a salir.

—Tranquila… Solo voy a aclarar algunos aspectos antes de acostarnos juntos.

—Continúa… 

—Soy un hombre que siempre quiere mantener el control sobre todo, y el sexo no es una excepción —dice.

Se acerca a mí lo suficiente como para convertirse en lo único que existe en mi campo de visión.

—No soy suave, ni considerado… Me gusta dominar. Puedo ser muy rudo... —da un paso más, quedando a apenas unos milímetros de mí. ¿Intenta intimidarme?.

Se detiene y por un instante considero echarme para atrás… pero algo me frena. 

Quiero saber qué pasa después, y esa curiosidad me empuja a pegar aún más mi cuerpo al suyo.

Alarga un brazo y, sin apartar la mirada, enreda su mano en mi pelo, tirando de él con firmeza.

Debería asustarme, pero en lugar de eso, un escalofrío me recorre entera, hasta el vientre bajo. 

—Si aceptas eso… —la comisura de sus labios se curva apenas en algo parecido a una sonrisa— pasaremos una noche muy entretenida.

Y llegados a este punto, solo se me ocurre decir una cosa:

—Acepto… solo por esta noche.

—Solo por esta noche… —repite él. 

Le da un pequeño tirón a mi pelo y presiona su cuerpo contra el mio para empujarnos hacia atrás, haciendo que mi espalda choque con la pared del ascensor. Inconscientemente me arqueo hacia él, que responde pegando aún más su cuerpo contra el mío, inmovilizandome.

Su mirada desciende de mi rostro a mis pechos antes de que uno de ellos sea amasado ferozmente por su mano.

Eso me arranca un leve gemido.

Ese sonido parece cambiar algo en él: su mano se detiene un instante y, después, me suelta el pelo. Sin apartar la mirada, baja las manos hasta las solapas de mi camisa y tira de ellas con decisión. Con un único movimiento, rompe los botones de la camisa y aparta la tela un poco desgarrada— el sujetador también se desliza hacia abajo en el mismo gesto brusco—, dejando mis tetas al descubierto.

Pone sus manos en los laterales de mis pechos y los aprieta, dejándolas muy juntas. Su lengua alcanza uno de mis pezones y lo lame con una lentitud deliberada, como si estuviera jugando.

Sigue concentrado en ese mismo punto durante unos minutos, que a mí me parecen una eternidad. 

—El otro también necesita…

Y, de repente, se detiene. Entonces hunde los dientes en ese mismo pecho, arrancándome un jadeo entrecortado por la mezcla de dolor y placer. Cuando levanta la cabeza, sus ojos encuentran los míos y sonríe, pero no es una sonrisa divertida, sino una más oscura, casi perversa, como si acabara de confirmar que he caído de lleno en su trampa. 

—¿Te he dado permiso para que hables?

—No…pero…—digo algo contrariada. Sé que todo forma parte de su juego… o, al menos, eso quiero creer. 

—Veo que voy a tener que ocuparme personalmente de que dejes de hablar… 

Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, paso de estar de pie a quedar arrodillada frente a él. Alzo la cabeza para mirarlo y, sinceramente, la imagen de él observándome desde arriba resulta demasiado intensa como para romper el momento. Nunca había experimentado una sensación así. Un calor me recorre por dentro y noto cómo el deseo se vuelve todavía más punzante. 

Mis bragas se mojan aún más y la necesidad me consume.

Ese hombre no dice nada durante los siguientes cinco segundos, y sé, con absoluta certeza, que está esperando a que cometa otro error. Pero no pienso darle esa satisfacción, así que me limito a esperar. Abro un poco más las rodillas, remangandome la falda larga de tubo y me siento sobre mis propias piernas, sosteniéndole la mirada.

Él alza una ceja, un poco sorprendido, como si no esperara esa reacción de mi parte. Y entonces hace algo que jamás ví venir: levanta el pie,enfundado en un zapato muy caro, y lo mete debajo del hueco de mi falda y lo presiona contra mi centro.

—No mojes con tus fluidos la moqueta del ascensor. Es una zona común y eso hará que me prohiban la entrada…

—Capullo…—Algo debe de ver en mi cara, porque se ríe. 

—Esto te gusta mucho, eh…—dice con un deje de burla justo antes de alargar el brazo y colocarlo en mi nuca para atraer mi cabeza y presionar mi cara contra su entrepierna.

Mi cuerpo reacciona, para variar, mojándose aún más y en ese momento sé que él va a hacer lo que quiera conmigo.

Ladea un poco mi cabeza y con la mano que tiene libre se suelta el cinturón y desabrocha el botón de sus pantalones. No tarda mucho en bajarse la bragueta y liberar su miembro,que ahora tengo demasiado cerca. 

—Abre la boca.

Obedezco.

Y justo entonces, una voz masculina irrumpe por el altavoz del ascensor, dandome un susto de muerte.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?—dice el técnico del ascensor.

—Sí —respondemos los dos al unísono.

—¿Están bien? ¿Qué ha pasado? 

El suelta un ruidito de descontento y dice: 

—Le he dado sin querer al botón de parada…

—Ah… —responde el hombre, sin sonar demasiado convencido—. Entonces os reinicio el ascensor. Pensé que se había averiado. 

El ascensor se reinicia y el marca el botón del piso 45.

—¿Vamos a tu habitación?

—Por supuesto. ¿Adónde pensabas ir, si no?

Asiento con la cabeza.

—Por cierto, ¿Cómo te llamas? 

—Me llamo Gabriel—dice escuetamente.

Es un hombre de pocas palabras.

—Yo me llamo Angela. Encantada de conocerte…—digo sonriendo.

El me mira pero no dice nada.

Entramos en su suite y me doy cuenta de que probablemente es la más lujosa de todo el hotel. Nada que ver con la mía.

Mi mirada se desliza hacia el baño varias veces deseando poder ducharme. 

Él parece darse cuenta y dice:

—Puedes ducharte si lo deseas…

Me llevo una mano a la chaqueta para quitarla

—Gracias —respondo, con una mezcla de vergüenza y alivio.

***

Cuando salgo del baño Gabriel está sentado en el sofá, esperándome. 

Me quedo un segundo quieta, sin saber dónde poner las manos.

—No sé qué ponerme… —murmuro, con una risa baja, incómoda.

Él me observa en silencio. 

Se acerca despacio y antes de que pueda reaccionar, tira ligeramente de la toalla que llevo, soltándola con un gesto firme pero controlado.

—Tranquila —dice, en voz baja pero que se entendía perfectamente—. No la vas a necesitar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP