ÁNGELA
En los días posteriores a la conversación que tuvimos en su despacho, no volví a ver a Gabriel.
Sin embargo, su ausencia no significó que desapareciera de mi vida.
Cada dos por tres llegaban paquetes a casa con cosas para el bebé o para mí. En la oficina, alguien dejaba sobre mi mesa mis dulces favoritos sin una sola nota.
Y, por alguna razón, aquellos pequeños gestos conseguían hacerme sentir todavía peor.
Una y otra vez me repetía que había hecho lo correcto. Que, aunque Gabriel es