VALERIA
Damián me observa unos segundos.
—¿Quieres apostar —dice, inclinándose hacia mí— hasta dónde soy capaz de llegar?
—Creí que me amabas —susurro, y la frase me sale con un dolor que no quería mostrar.
Él ríe. Una risa baja, ronca, que me recorre la espalda como un cuchillo sin filo.
—Lo mismo pensé. Hasta que te vi revolcándote con mi hijo. Sé lo que pasó aquí hace unas noches. No finjas.
El doctor se acerca. Damián me sujeta el brazo con fuerza.
—Va a ser solo un pinchazo —dice el doctor