DAMIAN
Son las dos de la tarde cuando el coche se detiene frente a la finca. La resaca es apenas un eco lejano, diluido en el mar de coñac que me tomé antes de salir. Andrés se quedó en el club, todavía enredado entre las sábanas de la suite. Yo, en cambio, necesitaba volver.
El sol de Cartagena golpea sin piedad. Me ajusto los lentes oscuros y entro.
La casa tiene ese silencio que dejan los que se han ido. Los amigos de Samuel ya no están. Sus autos desaparecieron. Bueno. Mejor así. Menos cara