91. inocencia.
La puerta se cerró tras ella con un chillido agudo que se clavó en la nuca como una astilla. Fae sintió la piel erizársele bajo la túnica, pero no bajó la cabeza. No lo haría. Llevaba demasiado tiempo ensayando este momento como para flaquear ante el primer presagio de peligro.
Estaba parada frente a un príncipe. Y no ante cualquier príncipe, sino ante el más cínico del que hubiera oído hablar en todos sus años de huida: Lysandrel.
El joven noble la observaba desde su sillón de respaldo alto co