El camino a Haro se hizo eterno.
Cada minuto que pasaba sobre la montura era un recordatorio de la distancia que ahora se extendía entre ellos como un abismo invisible. No era solo el espacio físico que se habían visto obligados a mantener —un metro prudente entre caballo y caballo, el suficiente para que sus cuerpos no se rozaran—, sino algo más profundo, más oscuro, que se había instalado en el aire que compartían y lo había vuelto irrespirable.
Evdenor se había vendado la sien como había pod