78. La bondad del verdugo
[Horas antes]
El tiempo en la enfermería se había medido en lágrimas y en el tictac angustiante del corazón de Ralion. Sus ojos estaban hinchados, ardientes, los párpados pesados como piedras. Había llorado sin parar durante casi una hora, un llanto desgarrado y ruidoso que finalmente se había reducido a sollozos secos, a temblores convulsivos que le sacudían el cuerpo cada vez que la imagen de su hermano, pálido y quebrado bajo las sábanas, regresaba a su mente.
Ahora estaba recostado contra