58. Un día antes de la boda.
Sus pasos resonaban en el pasillo de piedra como martillazos en su propio cráneo. Cada pisada era un recordatorio de lo que pasó, que estaba vivo pero no entero. Los ojos le ardían, no por lágrimas contenidas, sino por la sal que ya le había corrido por las mejillas sin permiso. Quería desplomarse en su catre, hundir la cara en la almohada y gritar hasta quedarse sin voz, hasta que el mundo se tragara su vergüenza. Se sentía sucio. Usado. Violado.
La palabra se le clavó en la garganta como un