57. La verdad asusta.
El silencio en la orilla era más tenso que cualquier campo de batalla. Cada segundo que pasaba era una losa más sobre los hombros de Lioran y Gwaine.
—Está tardando —murmuró Lioran, clavando la mirada en la entrada oscura entre los menhires. Su reloj de arena mental marcaba ya diez minutos.
—Le quedan cinco —replicó Gwaine, su voz era un gruñido de impaciencia y preocupación contenida. Cruzaba y descruzaba los brazos, incapaz de estarse quieto.
La ansiedad no era solo por el peligro inminent