49. Legado y maldición.
La puerta de las cámaras de Evdenor se cerró de golpe, haciendo temblar los estantes y danzar las sombras en las paredes. El aire se espesó al instante, cargado de una electricidad que no provenía de la tormenta que se avecinaba tras los ventanales, sino del hombre que ahora se giraba hacia Eryn con la quietud de un predador. Su autocontrol era legendario, una armadura de hielo, pero los celos eran el fuego que podía resquebrajarla. Sin embargo, esta vez no habría violencia, no habría palabras