50. La protegida del Rey.
Eryn recorría los pasillos del castillo con pasos rápidos, las mejillas aún ardiendo como si el calor de Evdenor siguiera pegado a su cuerpo. Cada vez que recordaba lo del escritorio—esa mezcla absurda de castigo y cariño—, la piel se le erizaba y una vergüenza cálida lo envolvía, como si el príncipe hubiera desenterrado algo que Eryn no estaba listo para nombrar.
"Maldito bruto", pensó, frotándose los rizos con una mueca, aunque una sonrisa traicionera asomaba en sus labios. La orden de e