36. Asfixia.

El silencio que siguió al ruego de Eryn fue casi absoluto; la niebla parecía contener la respiración junto con ellos.

Gwaine no respondió de inmediato. Con movimientos lentos y medidos, llevó la mano a la cintura y sacó el pequeño saquito que siempre llevaba: a simple vista, una bolsa para monedas, pero al abrirla dejó ver unas semillas pequeñas, brillantes, verdiazules, que relucían con humedad propia.

Nadie respiró. Los gemelos retrocedieron un paso, Kael tensó la mandíbula y Eryn, empapado y
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