Amadeo y Lucía se encontraban en el gran salón, revisando pergaminos y notas, preparando lo necesario para marcharse. La tensión era palpable: sabían que se trataba de un ángel, uno poderoso y antiguo, pero no tenían más que eso.
Kael se mantenía de pie. Sareth estaba a su lado, en silencio, observando cómo Lucía enrollaba los mapas mientras Amadeo ajustaba el cinturón de su armadura. La bruja y el estratega no necesitaban palabras para coordinarse; la rutina del deber los había convertido en u