Mientras tanto, en el castillo de Kael, el ambiente estaba cargado de una tensión espesa, casi eléctrica. No era miedo, ni tampoco urgencia pura… era más bien la anticipación de algo que, si salía mal, podía desencadenar un desastre, incluso… una guerra. Eris estaba en el centro del gran salón ceremonial, de pie sobre un círculo de protección que los demonios recién llegados habían trazado con precisión milimétrica. No se escuchaba ni un murmullo más allá del chisporroteo tenue de la energía ne