Rutina.
Damian ajustó su maletín, observando la escena sin emoción. Todo estaba ordenado, limpio, predecible. Tal como debía ser.
Su memoria, fragmentada como siempre, no le permitía recordar con claridad los días anteriores, ni los nombres que alguna vez había amado. Solo sabía que debía presentarse, revisar informes, cumplir su función.
—Buenos días, Damian —dijo Livia desde su escritorio, con esa voz suave que siempre parecía un eco lejano.
—Buenos días —respondió, con la neutralidad de quien repite