Hermanos.
El humo se arremolinaba como un animal herido, pegándose a la piel sudada de Isela mientras descendía los últimos escalones que aún se sostenían. Respiraba polvo. Tragaba polvo. Parecía que su garganta se deshacía.
Cada músculo de su cuerpo pedía descanso, pero la adrenalina la mantenía a flote. El edificio entero crujía como si protestara su supervivencia.
—Damián… Livia… —susurró, aunque ya no escuchaba más que ecos lejanos y derrumbes.
El último tramo de escaleras cedió detrás de ella. Isela