La mañana del enlace nupcial amaneció con un cielo de un azul diáfano y una brisa templada que mecía con suavidad las copas de los robles centenarios en la propiedad de la familia Castellanos. Desde las primeras horas de la jornada, la residencia bullía de una actividad perfectamente coordinada, distante de todo tumulto mediático y resguardada por un dispositivo de seguridad privada que garantizaba la absoluta intimidad del evento.
El gran jardín trasero se había transformado en un santuario al