La mañana comenzó como cualquier otra en la casa de Sebastián, pero Valentina sentía una inquietud difícil de explicar.
Había despertado temprano, antes de que saliera el sol. El silencio de la casa, que antes le daba tranquilidad, esa mañana le resultaba inquietante. Bajó a la cocina descalza, todavía envuelta en el suéter que había tomado del armario de Sebastián la noche anterior. El suelo estaba frío bajo sus pies, y el aire de la madrugada tenía ese aroma suave a humedad y a tierra mojada