El silencio en mi habitación era espeso, casi sólido, como si las paredes hubiesen absorbido todo el ruido del mundo y me lo devolvieran en forma de angustia. Había intentado dormir, pero el insomnio me estrujaba con la misma fuerza con la que lo hacían mis pensamientos. Me levanté, descalza, y caminé hacia la ventana. La ciudad dormía allá afuera, pero yo no podía darme ese lujo. No cuando tenía que fingir durante el día que todo iba bien.
Michael no me había escrito. No desde hacía más de vei