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Capítulo 7: El salto que no ocurrió

Jack corrió sin pensar.

Durante años, el cuerpo se le había acostumbrado a moverse con una lentitud amarga, como si cada paso exigiera una razón que ya no tenía. Pero en aquel instante no hubo cansancio, ni alcohol, ni vacío, ni acantilado. Solo urgencia.

Bajó por el sendero lateral que bordeaba la roca con la velocidad de un hombre que no se está permitiendo decidir. La grava húmeda resbaló bajo sus botas. Una rama baja le golpeó el hombro. No aflojó. Más abajo, el ruido del mar subía como una amenaza abierta, golpeando contra las piedras negras con una violencia que el viento se encargaba de volver todavía más brutal.

El Volvo había desaparecido ya en el agua.

La figura que vio salir despedida por el parabrisas también.

Jack apenas alcanzó a ver el auto negro, arriba, detenido unos segundos en la ruta, como si el conductor estuviera comprobando el resultado. No distinguió rostros. Solo la forma oscura del vehículo recortándose contra la línea del muro y luego alejándose con una rapidez que confirmaba lo que él ya sabía.

Aquello no había sido un accidente limpio.

Siguió bajando.

El sendero se estrechó cerca del último tramo del acantilado. Las piedras estaban mojadas por la bruma y por la espuma que el mar lanzaba hacia arriba cuando rompía con más fuerza. Jack se aferró a una saliente, se dejó caer el último desnivel y aterrizó mal sobre un pie. Sintió un tirón seco en la pierna. No le importó.

La chaqueta cayó al suelo apenas llegó a la orilla de piedra.

No se quitó nada más.

No pensó en el frío, ni en el peso de la ropa, ni en lo traicionera que podía ser la corriente ahí abajo.

Se lanzó.

El agua le pegó como una pared helada.

Le cortó el aire. Le hundió el cuerpo con una violencia instantánea. Durante un segundo no hubo arriba ni abajo, solo oscuridad líquida, burbujas, presión y el golpe brutal del mar cerrándose sobre él.

Jack abrió los ojos dentro del agua y no vio casi nada.

Sombras verdes.

Espuma.

Una penumbra espesa atravesada por destellos lejanos.

Subió de nuevo a la superficie para tomar aire y escuchó, muy arriba, las primeras alarmas del perímetro activándose en eco. Después voces. Gritos cortos desde los puestos de vigilancia. En la mansión ya debían haber visto el impacto o las cámaras habrían registrado el movimiento anómalo en la ruta.

Volvió a hundirse.

Buscó a ciegas.

La corriente le golpeó el hombro y lo obligó a corregir. Salió un instante, tomó aire, volvió a sumergirse.

Entonces la vio.

No claramente. Apenas una forma más pálida que el resto de la oscuridad. Cabello flotando alrededor del rostro como una mancha extendida. Un brazo inmóvil suspendido en el agua, meciéndose con la corriente.

Jack llegó hasta ella en tres brazadas violentas.

La sujetó por la cintura.

Estaba inconsciente.

Demasiado blanda.

Demasiado quieta.

Subió con ella a la superficie.

La mujer no reaccionó.

Ni un movimiento. Ni un jadeo. Ni un espasmo.

—Maldita sea —escupió Jack, empujando el agua con una mano mientras con la otra la mantenía a flote.

La corriente trató de apartarlos de la orilla. Jack corrigió el rumbo con una patada brutal y empezó a nadar en diagonal hacia una zona de rocas más bajas que conocía bien. Cada metro avanzaba con dificultad. La ropa empapada pesaba. El cuerpo de ella también. El mar se empeñaba en arrebatarle el equilibrio y devolverle el recuerdo reciente del borde del acantilado, de la idea de saltar, del segundo en que había estado dispuesto a dejarse caer.

Si lo hubiera hecho.

Si hubiese dado ese paso un minuto antes.

Ella estaría muerta.

La idea lo golpeó con una violencia tan seca que le hizo apretar los dientes.

Al llegar a la orilla, tuvo que arrastrarla primero por las axilas hasta una roca firme. Luego salió él, apoyando una rodilla, jadeando por primera vez de verdad. El viento le pegó en la camisa mojada y el frío se le clavó en la espalda. Apenas le prestó atención.

La acostó de lado.

Le retiró el cabello del rostro con una mano brusca pero cuidadosa.

Buscó pulso.

Débil.

Pero estaba.

Arriba, la primera linterna apareció en el sendero.

—¡Señor Blackwell! —gritó una voz.

Jack no levantó la vista enseguida. Siguió comprobando la respiración de la mujer, obligándose a no pensar en nada más que en mantenerla viva.

Dos guardias bajaron primero. Luego un tercero con un botiquín. Detrás venía Rowan, jefe de seguridad del perímetro norte, con la respiración agitada por la carrera.

—La ruta ha sido bloqueada —informó de inmediato—. El vehículo negro salió antes de que pudiéramos cerrarle paso.

Jack giró la cabeza.

—¿Lo registraron?

—Cámaras parciales. Ya están trabajando en ello.

Jack sostuvo su mirada apenas un segundo, lo bastante para dejarle claro que eso no le bastaba.

—Después —dijo—. Ahora ayúdenme.

Uno de los guardias se arrodilló junto a ella, pero Jack ya la estaba incorporando entre sus brazos.

—Señor, podemos…

—He dicho que me ayuden, no que me la quiten.

El hombre calló.

Nadie discutió.

Subió con ella en brazos.

No dejó que nadie la cargara.

El sendero de regreso se volvió más difícil con el peso adicional, pero el cuerpo le respondió desde un lugar primitivo, como si la única idea posible fuera mantenerla fuera del agua, lejos del borde, respirando. La cabeza de la mujer descansaba contra su hombro sin la menor resistencia. Una mano colgaba inerte sobre su brazo.

Cuando llegaron a la explanada lateral de la mansión, ya había más gente esperando.

Elise, la encargada principal del ala privada, estaba al frente con dos mujeres del servicio y la doctora Lenoir, que acababa de llegar con el maletín médico en la mano.

Todos se quedaron inmóviles al verlo aparecer.

No por el accidente.

No por la mujer.

Por él.

Porque hacía años que nadie en Blackwell veía a Jack Blackwell salir del agua con una desconocida en brazos.

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